«Julien dejó la ciudad por el camino de la montaña, por un deseo instintivo más que por un plan deliberado. Luego de una hora de caminata, a medida que el camino se volvía más agreste y la ascensión más fatigosa, miró hacia abajo y vio la ciudad que dejaba atrás: sus murallas antiguas, sus campanarios, sus rojos tejados, todas las pequeñas cosas que la hacían encantadora. ‘¡Adiós, querida ciudad!’ exclamó. Su corazón palpitaba de gozo. ‘Aquí comienza una nueva vida para mí.'»