El cobertizo de madera olía a recuerdos y a misiones secretas. En cuanto cruzaban la puerta, el mundo real se apagaba y se encendía el motor de la imaginación.
Ahí estaba la joya de la corona: una vieja Vespa de color crema, un poco golpeada y con el metal desgastado por los años, pero perfecta para dos pilotos profesionales del asfalto imaginario. El mayor, con su gorra bien puesta para protegerse del «viento huracanado», se aferraba al manubrio con total seriedad, asumiendo el rol de capitán del vehículo. Detrás, el más pequeño, con su mochila azul cargada de provisiones invisibles, se acomodaba en el asiento trasero listo para la aventura.—¡Sujétate fuerte, que el tráfico intergaláctico está pesado hoy! —avisaba el piloto.
De inmediato, el silencio del cobertizo se rompía con un festival de «¡Brum, brum, psssshh, raaaap!» simulado a puro pulmón. Las paredes decoradas con pósteres viejos y papeles antiguos desaparecían por completo. En su lugar, la pequeña moto estática se convertía en un cohete de dos ruedas esquivando cráteres lunares, cruzando selvas llenas de dinosaurios o ganando el gran premio de una carrera a máxima velocidad.
El copiloto se agarraba de la camiseta de su hermano, con los ojos abiertos de pura adrenalina y una sonrisa gigante. No importaba que la moto se moviera exactamente cero centímetros por hora; para ellos, el marcador de velocidad estaba al límite. Se inclinaban en las curvas imaginarias y frenaban de golpe, contagiándose una alegría pura que borraba cualquier rastro del aburrido día escolar.La fantasía solo terminaba cuando el llamado de la cena los traía de vuelta a la Tierra. Se bajaban de la Vespa con las rodillas intactas pero el alma encendida, listos para cerrar el cobertizo sabiendo que, al día siguiente, el viaje continuaría.