Husky

Hugo no era un husky común; tenía ojos de un azul brillante como el cielo y un corazón lleno de aventuras. Su mejor amigo y dueño era Paco, un chico que amaba tanto a Hugo como a las motocicletas, especialmente a su Vespa.

Cada mañana, cuando el sol asomaba por el horizonte, Hugo corría al garaje para esperar a Paco. Sabía que, con el primer rayo de sol, comenzaría su aventura diaria. Paco, con su casco ajustado, se subía a la Vespa, y Hugo, con la emoción a flor de piel, saltaba al asiento trasero. Juntos, formaban el equipo de exploradores más alegre del pueblo.

Ese día, decidieron visitar el parque más grande de la ciudad, un lugar lleno de árboles, flores y un lago tan claro que reflejaba el cielo. Mientras la Vespa andaba por las calles, Hugo olfateaba el viento, sintiendo el aroma de las flores y la hierba recién cortada. Su cola se movía como el péndulo de un reloj, marcando el ritmo de su felicidad.

Al llegar al parque, lo primero que hizo Hugo fue saltar de la Vespa y correr hacia el lago. Pero no para nadar, sino para chapotear en el agua. Encontraron un árbol perfecto para hacer un picnic. Paco sacó de su mochila bocadillos y una manta grande donde ambos se sentaron. Hugo, con su cabeza sobre las rodillas de Paco, miraba las nubes, imaginando formas y aventuras. «Mira, Hugo, esa nube parece un trozo de jamón» decía Paco, y Hugo ladraba, como si dijera: «¡Quiero!»

El sol comenzó a bajar. Ya era hora de volver a casa. Hugo se subió de nuevo a la Vespa, esta vez con la lengua fuera del cansancio y la emoción del día. Paco y Hugo, con el viento en sus caras, regresaron a casa, donde ambos se acurrucaron en el sofá, listos para soñar con más aventuras.

Y así, cada día, Husky Hugo y Paco vivían pequeñas historias llenas de risas, amistad y el zumbido de una Vespa, demostrando que la magia está en las aventuras más simples y en la compañía de un buen amigo.