La fría brisa del invierno azotaba las calles empedradas de la pequeña ciudad, haciendo que la gente caminara apresuradamente en busca de refugio. En medio de la multitud, destacaba un personaje enigmático: un hombre alto con un abrigo largo de lana que le envolvía como un manto protector.
El abrigo, de un tono medio de un marrón clásico, descendía hasta sus tobillos, dándole un aire de misterio y elegancia. Cada paso que daba resonaba en el suelo mientras sus botas crujían sobre sus pasos. El cuello del abrigo estaba levantado, ocultando parte de su rostro, pero sus ojos penetrantes y avizores asomaban entre las sombras.
El tejido de lana parecía absorber la luz, creando un halo sutil alrededor del hombre. Los detalles del abrigo revelaban una artesanía impecable: botones pulidos, un forro suave que prometía calidez en medio del gélido clima invernal. La lana se ajustaba a su figura, delineando su porte atlético con una elegancia natural.
A medida que iba avanzando por la calle adoquinada, la gente se apartaba a su paso, dejando tras de sí una estela de curiosidad y admiración. El abrigo largo de lana no solo le protegía del frío, sino que también confería a su presencia un toque de sofisticación que lo convertía en un enigma ambulante, una figura que despertaba la imaginación de quienes lo observaban desde la seguridad de sus abrigos convencionales.
En medio de la tarde invernal, aquel hombre con su abrigo largo de lana parecía haber emergido de las páginas de un extraño cuento.